Seguimos, esta semana, descubriendo los ritmos y estilos
latinoamericanos en nuestra sección Raíces.
Ya habíamos pasado por el tango, la salsa y la cumbia,
hasta que saltamos al viejo continente para descubrir al
flamenco.
Hoy estamos de vuelta por estos pagos, específicamente
en Centroamérica, en un país insular que por
estos días hace noticia por la realización
de los Juegos Panamericanos, a pesar de ser uno de los más
pobres del continente.
Paradojas de la idiosincrasia latina, como las que convirtieron
al merengue en un ritmo "paria", allá por
la mitad del siglo XIX, momento en que la "tumba"
era la música dominicana por defecto. Claro, muchos
decían que el "merengue" era originario
del vecino Haití, lo que generaba el rechazo inmediato
de los nacionalistas (la mayoría de la población,
luego de una guerra por la independencia que los tuvo enfrentados).
Pero la crónica que parece más verosímil
habla de un ritmo proveniente de Cuba, al que llamaban UPA,
y que había tenido una escala de éxito en
Puerto Rico. Era el baile de ese ritmo el que contaba con
una parte a la que llamaban "merengue", nombre
que se perpetuó a través de la cultura dominicana
(otra fusión multicultural, en la que el elemento
africano tenía gran predominancia).
El merengue tuvo, en su origen, una estructura de 2 por
4, aunque el número de compases variaba en pos de
la improvisación. Hoy el número llega incluso
hasta 48, haciendo del merengue prolongadas e interminables
piezas en que los bailarines deben demostrar todo su estado
físico.
¿Instrumentos? El merengue se interpretó
en un comienzo sólo con los recursos del folclor
local: las bandurrias (reemplazadas por el acordeón
más tarde), el Tres y el Cuatro.
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Curiosamente, la "época
de oro" del merengue se dió durante la extensa
dictadura de Rafael Trujillo, desde 1930 a 1961. Durante esos
años fue que proliferaron las orquestas de merengue
y que la identidad de la joven nación se terminó
de moldear, con el aquel ritmo como adalid.
Los efectos de la globalización -más bien la
"americanización" caribeña- por supuesto
tuvieron su consecuencia en el merengue. En la década
pasada se dio la explosiva aparición del "merengue
house", que debimos "sufrir" en carne propia
los chilenos (el Festival de Viña fue muy "receptivo"
a este tipo de maifestaciones).
Merengue es sinónimo de fiesta, de goce y de sensualidad.
También de desafío tanto para sus intérpretes
como para sus bailarines. A través de sus sonidos se
han desarrollado artistas de la talla de Johnny Ventura, la
máxima figura dominicana del ritmo, y que estuviera
en nuestro venido a menos Festival de Viña, en los
buenos tiempos, la década de los '80). Otros célebres
cultores del merengue han sido Cuco "El Brujo" Valoy
(y su grupo Los Ahijados) y Joseíto Mateo "El
rey del merengue".
El merengue más tradicional está hoy relegado
a lo rural, mientras en las radios se impone un merengue más
"pop", en el que llevan la batuta los boricuas,
a través de Elvis Crespo u Olga Tañón.
De todas formas, su espíritu no ha muerto en lo absoluto,
ni menos, ha pasado de moda. ¿O a pasado de moda la
fiesta?
Por Rodrigo Toledo
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