Seguramente la mayoría de nosotros guarda las imágenes
de aquellos españoles que -al estilo Gypsy Kings
o Paco de Lucía- se vestían de negro y con
una guitarra clásica lograban encender el ambiente
con su ritmo endiablado.
Fueron momentos en que el sonido "flamenco" se
había puesto de moda acá en Chile, aunque
en su lugar de origen jamás había dejado de
practicarse. ¿Lugar de origen, dije? Más bien
debería decir "lugar de desarrollo", puesto
que el ritmo conocido como flamenco tiene tantas influencias,
que sería un despropósito ligarlo a una cuna
en particular.
En el flamenco se encuentran y funden culturas tan disímiles
como la judía, la griega, la árabe, además
de, claro, la gitana, con quien se le ha relacionado desde
que tenemos uso de razón.
La evolución del flamenco, de hecho, tiene mucho
que ver con la historia gitana, una historia de nomadismo
y de caravanas, de persecuciones y diásporas. Como
la que los llevó desde su supuesto territorio -una
región llamada Sid, en lo que es hoy Pakistán-
a repartirse por Europa: unos en el sector de Francia y
la península ibérica, otros en Italia y los
Balcanes (Macedonia) y los últimos en Rusia, Polonia
y Hungría.
Es en esta historia de nomadismo que los gitanos adquieren
la amalgama de influencias que daría luz al flamenco,
tal y como hoy lo conocemos, tras el asentamiento definitivo
de parte del pueblo zíngaro en la región de
Andalucía, en España (Sevilla, para que se
hagan una idea).
Dicen que "flamenco" es un término derivado
de dos palabras árabes: "felag" (campesino)
y "mengu" (campesino). Para otros se impone la
tesis de un concepto relacionado con la "flama"
o "fogosidad" con la que supuestamente se caracteriza
la personalidad gitana.
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La música acompañó
las actividades de los gitanos desde siempre, y esa es una
de las razones por las que el flamenco se mantuvo vivo a través
de ellos.
Canto, baile y guitarra, es la trilogía que representa
fielmente al flamenco. Son tres "artes" distintos,
que se estudian por separado, y que tienen exponentes totalmente
distintos. En las tres se nota claramente la influencia árabe,
esencialmente de la zona del norte de África, conocida
con el nombre de Magreb.
El canto flamenco tiene, por ejemplo, ese halo de lamento
que también tienen las voces marroquíes (tan
de moda durante el año pasado); y las armonías
de la guitarra miran también a lo árabe. La
melodía está ligada a la frase rítmica,
lo que contribuye a un juego de intensidades en el que los
intérpretes tienen el poder.
Del baile se puede decir algo similar. Hay un movimiento
de caderas y de manos que, invariablemente, nos invita a recordar
los exóticos bailes de medio oriente.
Flamenco es una palabra inmensa, de eso no cabe duda. Al
interior de esta verdadera "cultura" de bailaores,
cantores, músicos, se incluyen un sinnúmero
de subcorrientes, de vertientes, que podríamos estar
describiendo por semanas. Su atractivo, tras casi tres siglos,
permanece intacto, y estamos todos invitados a descubrirlo.
Por Rodrigo Toledo
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