Viejo romántico

SIGO ROMÁNTICO
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“Lucho Gatica Vol I, Una leyenda Del Bolero”, 1989
“Trio Matamoros”, 1997
“Lo mejor de lo mejor”, Pedro Vargas, 1999
“Boleros del alma”, Javier Solís, 1997

 

 



 
     
Un ritmo latino por naturaleza, cuya cuna se disputan varios países. La banda sonora de nuestros abuelos, padres y, a veces, de nosotros mismos. Porque, ¿quién no ha cantado los versos de "Inolvidable" o "Perfidia" junto a una guitarra de palo?

 
     

Está bien. Luis Miguel no es un tipo muy agradable que digamos, y sus canciones son de gusto más bien femenino que general (nos referimos a su repertorio propio). Sin embargo, hay que decir algo a su favor (con todo el dolor que ello implica): el muchacho rescató al bolero, una de las invenciones más esencialmente latinas, desde su destierro.

Podrá decirse que había gente que seguía cantando y tocando boleros antes que apareciera él, pero lo cierto es que fue con su incursión que el ritmo volvió a hacerse verdaderamente popular, al punto de desempolvar a viejas glorias de su interpretación. Se incluye dentro de este último apartado al "Señor del bolero", nuestro chilenísimo y rancaguino Lucho Gatica, personaje reconocido mundialmente como el "rostro" del ritmo.

Son tres países los que se disputan la paternidad del bolero: México, Cuba y Venezuela, pero es mayoritariamente aceptada la idea de que el ritmo se gestó en la isla gobernada por Fidel, allá por el año 1886.

Fue ese año que debutó "Tristezas", como se llamó el primer bolero, compuesto por José "Pepe" Sánchez y que delinió la estructura musical y los elementos que iban a adornar sonoramente al nuevo ritmo (guitarras y percusiones).

Entonces se inicia una historia llena de personajes y de situaciones. Una historia que lleva al bolero desde los bares de mala muerte hasta los salones más elegantes de la primera mitad del siglo XX.

Desde los famosos "tríos de guitarra", pasando por las orquestas tropicales (los que cambiaron de giro) , las "big bands del bolero" y ya las orquestas propiamente tales (tales como las que acompañan al mexicano de los dientes separados en los videos), el bolero se ha mantenido firme ante la arremetida de otros ritmos.

Según la historia de este ritmo escrita por Daniel Terán-Solano se da una situación paradójica para el desarrollo del bolero, especialmente en su llamada “era dorada”, en la década de los cincuenta.

Este “mirar hacia nosotros mismos” se debió, según el autor mencionado, al aislamiento en que quedó Latinoamérica luego de terminada la Segunda Guerra Mundial y al dominio de las dictaduras por sobre la institucionalidad. En efecto, los gobiernos autoritarios veían en la “diversión” del pueblo, a través del bolero, una forma de desviar la atención a problemas profundos.

En el fin de aquellas situaciones (aislamiento y dictaduras) se encuentra el inicio del destierro del bolero. Claro, la apertura e incipiente globalización nos llamaba, curiosamente, a mirar hacia Europa o Estados Unidos una vez más.

Pero, volviendo a lo netamente musical, el arte de un buen bolero cuenta con dos lados bien definidos: el del compositor y el del intérprete. Pareciera, respecto a esta dualidad, que cada uno quisiera hacerse cargo solamente de una parte, como una suerte de especialización que evitara las distracciones.

Así es como surgieron los grandes autores, como el mexicano Agustín Lara (“Noche de ronda”, “Amor de mis amores” y la deliciosa “Piensa en mí”, entre otros cientos), el también azteca Rafael Hernández (“Ausencia”, “Lamento Borincano”, y otros) o el menudo Armando Manzanero (“Somos novios”, “Esta tarde vi llover”).

Y ni hablar de los intérpretes, toda una estirpe de voces incluidas dentro del abanico más amplio: Desde el mencionado Lucho Gatica (y su voz susurrante, tipo crooner de jazz), pasando por el trío Matamoros, y los mexicanos Pedro Vargas y Jorge Negrete.

El bolero es un terreno vasto y, lo más importante, está íntimamente ligado a nuestra idiosincrasia latina. Sí, cosa bien difícil de creer. Entre tantas nacionalidades ha habido momentos de transversalidad total. Y sin duda el bolero marcó –y sigue marcando- uno de ellos.


Por Rodrigo Toledo


 
 
 
 

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