Está bien. Luis Miguel no es un tipo muy agradable
que digamos, y sus canciones son de gusto más bien
femenino que general (nos referimos a su repertorio propio).
Sin embargo, hay que decir algo a su favor (con todo el
dolor que ello implica): el muchacho rescató al bolero,
una de las invenciones más esencialmente latinas,
desde su destierro.
Podrá decirse que había gente que seguía
cantando y tocando boleros antes que apareciera él,
pero lo cierto es que fue con su incursión que el
ritmo volvió a hacerse verdaderamente popular, al
punto de desempolvar a viejas glorias de su interpretación.
Se incluye dentro de este último apartado al "Señor
del bolero", nuestro chilenísimo y rancaguino
Lucho Gatica, personaje reconocido mundialmente como el
"rostro" del ritmo.
Son tres países los que se disputan la paternidad
del bolero: México, Cuba y Venezuela, pero es mayoritariamente
aceptada la idea de que el ritmo se gestó en la isla
gobernada por Fidel, allá por el año 1886.
Fue ese año que debutó "Tristezas",
como se llamó el primer bolero, compuesto por José
"Pepe" Sánchez y que delinió la
estructura musical y los elementos que iban a adornar sonoramente
al nuevo ritmo (guitarras y percusiones).
Entonces se inicia una historia llena de personajes y de
situaciones. Una historia que lleva al bolero desde los
bares de mala muerte hasta los salones más elegantes
de la primera mitad del siglo XX.
Desde los famosos "tríos de guitarra",
pasando por las orquestas tropicales (los que cambiaron
de giro) , las "big bands del bolero" y ya las
orquestas propiamente tales (tales como las que acompañan
al mexicano de los dientes separados en los videos), el
bolero se ha mantenido firme ante la arremetida de otros
ritmos.
Según la historia de este ritmo escrita por Daniel
Terán-Solano se da una situación
paradójica para el desarrollo del bolero, especialmente
en su llamada “era dorada”, en la década
de los cincuenta.
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Este “mirar hacia nosotros
mismos” se debió, según el autor mencionado,
al aislamiento en que quedó Latinoamérica luego
de terminada la Segunda Guerra Mundial y al dominio de las
dictaduras por sobre la institucionalidad. En efecto, los
gobiernos autoritarios veían en la “diversión”
del pueblo, a través del bolero, una forma de desviar
la atención a problemas profundos.
En el fin de aquellas situaciones (aislamiento y dictaduras)
se encuentra el inicio del destierro del bolero. Claro, la
apertura e incipiente globalización nos llamaba, curiosamente,
a mirar hacia Europa o Estados Unidos una vez más.
Pero, volviendo a lo netamente musical, el arte de un buen
bolero cuenta con dos lados bien definidos: el del compositor
y el del intérprete. Pareciera, respecto a esta dualidad,
que cada uno quisiera hacerse cargo solamente de una parte,
como una suerte de especialización que evitara las
distracciones.
Así es como surgieron los grandes autores, como el
mexicano Agustín Lara (“Noche de ronda”,
“Amor de mis amores” y la deliciosa “Piensa
en mí”, entre otros cientos), el también
azteca Rafael Hernández (“Ausencia”, “Lamento
Borincano”, y otros) o el menudo Armando Manzanero (“Somos
novios”, “Esta tarde vi llover”).
Y ni hablar de los intérpretes, toda una estirpe de
voces incluidas dentro del abanico más amplio: Desde
el mencionado Lucho Gatica (y su voz susurrante, tipo crooner
de jazz), pasando por el trío Matamoros, y los mexicanos
Pedro Vargas y Jorge Negrete.
El bolero es un terreno vasto y, lo más importante,
está íntimamente ligado a nuestra idiosincrasia
latina. Sí, cosa bien difícil de creer. Entre
tantas nacionalidades ha habido momentos de transversalidad
total. Y sin duda el bolero marcó –y sigue marcando-
uno de ellos.
Por Rodrigo Toledo
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