"Voy a pegarme un buen bailoteo en las ramadas...un
par de cuecas, unas cumbias, lo que venga", dice alguien
por ahí, y vuelve a poner en el tapete un tema que
ya ni da para discusión. La cueca representa, al
menos, una parte de nuestra identidad, dentro de un espectro
heterogéneo que a veces confunde.
No podíamos sino remitir, en estas fechas, a nuestro
baile nacional, para recordar su origen, hablar de sus formas
y, por supuesto, analizar el papel que le corresponde en
nuestra sociedad.
Somos animales de costumbres, los chilenos. Y relacionamos
ciertos actos de nuestra "nacionalidad" con fechas
específicas, sin preocuparnos por el resto del año.
La empanada, el volantín, la chicha y la cueca es
para el 18; el cola de mono para la Navidad; el pescado
y los mariscos para la Semana Santa. Y así, sucesivamente,
un montón de "normas sociales" asumidas
por traspaso generacional y que son una limitante para la
demostración de nuestra identidad.
Vicuña Mackenna (sí, el mismo de la calle)
postuló en su tiempo, y en su calidad de historiador,
que la cueca provenía de África y era una
derivación de una danza llamada "Lariate".
Este manifestación habría estado presente
a principios del Chile independiente, debido a la presencia
de esclavos africanos en lo que es hoy la Quinta Región.
Otro musicólogo, como Carlos Vega, señaló
como cuna de la cueca las tierras peruanas, donde se habría
bailado su "antepasado", la zamacueca. El profesor
Pedro Allende, en cambio, asimila los movimientos y ritmos
cuequeros a la fusión de elementos árabes
e hispanos.
Algunos han planteado la similitud de la cueca con el "devaneo
amoroso" entre el gallo y la gallina, basado en un
continuo rodeo de entusiasmo creciente.
Lo que sí está claro es que la cueca se asimiló
como un baile popular en Chile en los años de lucha
independentista, pero fue perdiendo su arraigo masivo entre
la población con el correr de los años.
Al principio, la cueca era de salón, y se interpretaba
con arpa y guitarra. Pronto se iban a incorporar la "cantora"
y las "percusiones" (que no eran más que
sencillos golpeteos en la caja de la guitarra).
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En general la cueca tiene una
estructura en base a 14 versos, divididos en tres partes:
cuarteta, seguidilla y remate. Existen en su texto las llamadas
"muletillas" o "ripios" (alla vá,
alla vá, por ejemplo), que son inventadas por los propios
intérpretes y a veces se incorporan a la letra "oficial".
La medida de la cueca suele ser de 6/8, sin dejar de lado
la de 3/4, con la que algunas veces se alterna. Hay en un
"pie de cueca" entre 40 y 60 compases y un esquema
clásico de antecedentes-consecuente en sus frases.
Armónicamente, la cueca propiamente tal posee la relación
Tónica-Dominante con predominio de tonos mayores. Son
otras vertientes de la cueca, como la brava, las que utilizan
los menores.
Porque de que hay derivaciones de la cueca, las hay, y muchas.
Están, por mencionar primero las más conocidas,
las llamadas "cuecas choras", popularizadas por
el fallecido Roberto Parra y rescatadas por el grupo Los Tres,
durante la década de los '90. Se trataba de cuecas
porteñas, "arrabaleras", en los que reinaba
el mundo de la prostitución, de los bares y las escaramuzas.
La "cueca brava" exacerba esta temática,
incorporando cuchillos, sangre e historias sórdidas.
Otras cuecas que podemos nombrar son: la campesina, la larga,
la valseada y tantas otras como contextos la albergan.
Cueca, baile nacional por decreto, comparte su lugar en las
ramadas con la cumbia, el sound y el merengue. El resto del
año hiberna, al menos en los sectores más urbanos
del país, a la espera de una fecha que justifique su
recuperación. Por suerte, los folcloristas no se han
cansado de ella.
Es septiembre, y dedicamos "Raíces" a los
ritmos criollos, a los que representan la identidad de la
población menos "afectada" por la globalización.
Comenzamos con la cueca, y seguiremos la próxima semana
con la música andina.
Por Rodrigo Toledo
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