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hay algo que no abunda en Chile son los estudios de masterización.
En un escenario ideal, los discos deben ser terminados por
profesionales especializados en un lugar adecuadamente acondicionado
y equipado, pero considerando que muchas veces su precio está
fuera del alcance de las bandas, hay varios lugares (y personas)
que son capaces de lograr resultados satisfactorios y que
sin lugar a dudas ayudaran a lograr un disco con mejores terminaciones
y con un sonido más consistente.
En este artículo no pretendo explicar el proceso de
masterización en detalle, pero sí dar una guía
de los aspectos generales y de lo que se puede esperar del
proceso.
Primero que nada, la masterización no arregla una mala
grabación o una mezcla deficiente: el carácter
y el sonido como identidad de la música son definidos
en las etapas que vimos en los dos capítulos anteriores.
Lo que la banda debe entregar a la persona que hace el trabajo
habitualmente es una copia de todas las mezclas del disco
SIN COMPRESIÓN GENERAL, ya que esto deja de manos atadas
al ingeniero a cargo de la masterización.
Si las mezclas y la grabación fueron realizadas en
24 bits, están deben entregarse como archivos de audio
(wav, aiff, SD2, etc,). Algunos dirán que las mezclas
deben hacerse deben hacerce a cinta de 1/2 pulgada y otras
declicias análogas, pero eso es alejado a nuestra realidad.
Hay lugares donde el ingeniero de masterización puede
solicitar las mezclas en un CD, siendo para estos casos recomendable
conseguir los CDs de audio de la mejor calidad posible y quemarlos
a la menor velocidad que permita el grabador. También,
se debe aplicar dithering si es que las mezclas están
en 24 bits y serán copiadas a un CD

Muchas veces es bueno tener alternativas
de la mezcla, como una versión con los vocales 1db
más fuerte y otra 1db más despacio, sobre todo
cuando hay dudas durante la mezcla, y en ese caso una opinión
externa puede ser de gran ayuda. Es importante que las mezclas
no estén saturadas en el bus LR, y el ingeniero de
mezcla debe tomar las precauciones para que no sea así.
Este es el momento donde se determina el orden de los temas
dentro del disco y el tiempo que hay entre uno y otro. Es
bueno hacer CDs de prueba antes de la masterización
y escuchar si el orden de las canciones funciona de manera
adecuada. La mayoría de los compradores de música
escuchan los tres primeros temas cuando revisan un disco,
por eso es importante que estos temas sean coherentes con
el estilo general del del album y que sean un buen enganche.
Muchas veces el “single” se encuentra entre los
tres primeros.
Uno de los aspectos más importantes de la masterización
es dejar todas las canciones a un volumen aparente que sea
similar, no sólo escuchando en distintas secciones
de cada tema, sino además comparando el final de un
tema con el principio de otro. Es muy desagradable escuchar
un disco en que hay que estar subiendo y bajando el volumen
constantemente.
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Como parte de
este proceso se usa la ecualización, para ayudar a
que el disco tenga mayor coherencia y no haya canciones más
brillantes o tengan más frecuencias graves que otras,
etc. Esto se hace también comparando con CDs terminados
que en lo posible tengan un estilo en común y sean
un referente de calidad.
Para lograr estar a un volumen competitivo
es habitual utilizar compresión multibanda y es frecuente
que se abuse de los compresores con un afán de competencia.
Esto se da, sobre todo en la música popular, donde
seguir el jueguito de “el que suena más fuerte
gana” es ya una costumbre.
Sin embargo no todo lo que
suena fuerte es oro y con algo de entrenamiento y buen oído
es muy fácil darse cuenta que sonar más fuerte
no siempre no siempre es mejor, aunque para la mayoría
de las personas esto pase desapercibido. Hay estudios que
demuestran que la música comprimida a extremos produce
fatiga auditiva y las persona inconscientemente dejan de escuchar
esos discos.
Muchos CDs que están comprimidos
y limitados en exceso, saturan los conversores de salida de
los reproductores de CD, produciendo un sonido que a la larga
es agotador y que muchas veces está francamente distorsionado.
Hay muchas razones para hacer sonar un CD lo más fuerte
posible, pero en realidad hay muy pocas de ellas que tengan
un fundamento estético.
Los CDs (al igual que todas las grabaciones
digitales) tienen un nivel de volumen máximo que es
absoluto y sobre el cual nada puede pasar, por lo tanto es
necesario engañar al oído que percibe más
el promedio del volumen del sonido que las transientes más
breves y de paso no sobrepasar el límite de 0 db digital.
(En realidad debería ser menos que 0db, guardando un
margen, pero pocos está dispuestos a ceder).
En la imagen inferior podemos ver tres
gráficos de audio: el primero no tiene compresión,
sin embargo llega casi al máximo volumen que soporta
una grabación digital. El segundo, muestra un ejemplo
de lo que sucede si se aplica compresión y/o limita
la señal: el “promedio” del sonido tiene
un mayor volumen, sin llegar a “reventar” las
transientes o ataques de los sonidos percusivos.
El tercero está excesivamente limitado y si bien suena
muy fuerte, ya ha perdido la dinámica y el impacto
que necesitan ciertos instrumentos. Por otra parte, suena
evidentemente saturado.
No cualquier técnico o ingeniero
en sonido es capaz de lograr una buena masterización,
y es necesario tener la experiencia y criterio. También
es importante comprender que la ecualización y la compresión
aplicadas a la mezcla general son procesos que afectan a todos
los instrumentos por igual, y por lo tanto es muy difícil
lograr cosas como compensar el volumen de la caja con el de
la voz o compensar una mezcla opaca cuando el hihat está
demasiado fuerte.
En muchas ocasiones es bueno llevarse una copia del master
a casa y revisarla a conciencia, para luego afinar los últimos
detalles.
La idea es que la masterización
ayude al producto final y este se escuche de forma coherente
en la mayor cantidad de lugares posible, manteniendo cierto
standard con respecto a los demás CDs que hay en el
mercado.
En definitiva, es la última etapa para pulir y redondear
un trabajo que habitualmente nos ha tomado años.
Por Juan Pablo
Quezada
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