El 18 de septiembre de 1973, el joven Héctor Herrera,
quien trabajaba en el Gabinete de Identificación
en Chile -y, por esa razón, fue trasladado a la morgue
luego del Golpe de Estado-, se encontró frente a
frente con el cuerpo sin vida de Víctor Jara.
Sobrecogedor fue reconocerlo y ver la expresión
de su rostro y sus manos empuñadas. El valor y los
principios pudieron más que el miedo a la muerte,
y Herrera consiguió sacar el cuerpo, reunirse con
la viuda del cantautor, Joan, y otorgarle cristiana sepultura.
Un final terrible para uno de los artistas más completos
que ha dado la historia de Chile, en una absurda y vergonzosa
época, en que las armas se impusieron por sobre la
cordura, con las consecuentes e incomprensibles muertes
que conocemos.
"El derecho de vivir en paz" fue editado un año
antes de esos hechos, y en él ya se puede apreciar
a un Víctor Jara maduro artísticamente, muy
amigo del riesgo y la experimentación.
Si ya había probado uniéndose a Quilapayún,
en esta placa desafía a los siempre presentes “puristas”
solicita la colaboración a los Blops (liderados por
Eduardo Gatti) para darle algo de sicodelia y rock al tema
que da nombre al disco y a "Abre la ventana".
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Desde su título, "El
derecho de vivir en paz", asume ser un disco militante,
de protesta, que se recoge la voz de una gran masa, y que
en sus letras vierte todo un sentido ideológico que
quizá no volvamos a presenciar jamás.
Las canciones de este corte, por lo tanto, son las que imponen
el tono de la placa: "Plegaria a un labrador", "Ni
chicha ni limoná", "Vamos por ancho camino",
"El alma llena de banderas", "Las casitas del
barrio alto" fueron y siguen siendo los himnos de una
época, además de composiciones que nada tienen
que envidiarle al folk de un Bob Dylan quien, por esa misma
época, estaba en la misma misión, pero en Estados
Unidos.
Hay espacio para el ritmo también, como en la guajira
"A Cuba" o en la rimense "A la Molina no voy
más", que demuestran la inclinación de
Jara por la música latinoamericana en general.
Coreógrafo, dramaturgo, actor, director, cantante,
compositor, profesor, Víctor Jara es un nombre inmenso
dentro del arte criollo. Una figura que –a pesar de
lo que algunos tratan de insinuar- había conseguido
ese status mucho antes de ser muerto de manera cobarde y despiadada.
Todo por luchar por el derecho de vivir en paz.
Por Rodrigo Toledo
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