Antes de este disco, la banda de Anthony Kiedis no había
sido tomada demasiado en serio por la crítica a nivel
mundial. El público, en cambio, se había rendido
ante su capacidad de divertirse a través del reciclaje
de ritmos que no eran nada nuevo, pero que sonaban más
frescos que nunca: funk, soul y hip hop.
Para corroborar la idea de que los grandes discos siempre
están ligados a grandes genios de las perillas, hay
que mencionar que Rick Rubin consiguió en la producción
de este disco un sonido especial, para el cual la microfonía
jugó un rol fundamental.
Este productor grabó el bombo de la batería
de este álbum con un micrófono que es usualmente
utilizado para grabar guitarras eléctricas, buscando
un sonido extremadamente funky. Por cierto, consiguió
un resultado único y que todavía marca pautas.
Con una formación célebre e inmortal, compuesta
por Kiedis en voz, Flea en el bajo, John Frusciante en la
guitarra y Chad Smith en los tarros, los Peppers consiguieron
superar su explosivo “Mother’s Milk”,
a punta de memorables canciones, como “If you have
to ask”, “Breaking the girl”o “Suck
my kiss”.
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Editado, y que conste que ha sido
una casualidad, en el famoso año “mágico”
de 1991, este “Blood Sugar Sex Magik” fue también
la bandera de la generación que fue joven en aquella
década, que en las fiestas gritó y saltó
con “Give it away” y tomó la guitarra en
una fogata para tocar “Under the bridge”.
Una base rítmica potentísima, conformada por
la ya mencionada batería de Smith, más el “slap”
de Flea, sirvieron de apoyo sólido para el estilo de
Kiedis en la voz, muy agresivo, rapero, y de letras nada de
metafóricas. Pura y explosiva verborrea “punketa”.
Párrafo aparte merecen las talentosas seis cuerdas
de Frusciante, las que se echaron de menos incluso cuando
fue reemplazado por un legendario Dave Navarro (para el subvalorado
disco llamado “One Hot Minute”), puesto que el
dueño del puesto había inventado un sello distinguible
y que daba la marca registrada a la banda.
En este disco los cuatro parecen haber alcanzado, al mismo
tiempo, el peak de su creatividad. Algo que no podía
sino redundar en un disco destinado a ser inmortal. Aun cuando
la cuerda no se les había agotado.
Por Rodrigo Toledo
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