Si
alguna vez creímos que el nacimiento del jazz había
sido una cosa de un día, o de generación espontánea,
nombres como el de King Oliver nos han servido para caer en
la cuenta de nuestro error.
Este extraordinario músico nacido en Nueva Orleans
en 1885 fue uno de los llamados a encauzar, a "poner
orden" en este nuevo sonido que se forjaba en la ciudad
norteamericana. Uno que estaba ligado a la población
"negra", fuente de exóticos ritmos y de un
espíritu avasallador.Joe Oliver, nombre con el que
fue bautizado originalmente, estudió la trompeta con
un tal Kenchen, a través de quien percibió el
amor por la música.
Fue ese profesor el que lo instaló en su primera orquesta,
lo llevó de gira e, involuntariamente, le consiguió
una cicatriz (iba a ser su señal característica)
en el arco superciliar, a raíz de un asalto.Oliver
creció como músico y se integró a la
Eagle Band de su ciudad. En una de aquellas noches de jazz
se confirió el título de "rey de la trompeta".
Su talento era reconocido unánimemente.
El hecho que iba a cambiar su vida de músico, y la
de muchos de sus contemporáneos, fue la ley que prohibía
los cabarets en la ciudad de Nueva Orleans, sancionada en
1917.
Oliver debió emigrar, entonces, a Chicago, específicamente
al barrio denominado South Side (Lado Sur), dominado por la
población negra.Allí tocó en bandas como
las de Bill Johnson y Lawrence Dewey (1918-1920).
Eran los años locos de Chicago. Época de
alcohol, tabaco, mujeres, vodevil y, especialmente, de jazz.
Para hacerse una idea del momento, bien vale echarle una
mirada a la reciente ganadora del Oscar a la Mejor Película
2002, Chicago, protagonizada por Renee Zellweger y Catherine
Zeta-Jones.
Volviendo a Oliver, pronto quiso independizarse y formar
su propia banda, para lo que reclutó a Johnny Doods
para el clarinete; a Honoré Dutray para el trombón;
a Ed Garland para el contrabajo y a Minor Hall para la batería.
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Llamada
Creole Jazz Band, esta agrupación recibió luego
el refuerzo de un grande, el joven trompetista de Nueva Orleans
Louis Armstrong, grabando varios discos en los que queda patente
la evolución sonora del jazz.
En la música de la Creole predominan los medios tempos
(moderatos) y se desarrolla según un contrapunto de
tres voces que se entrelazan. Hay una primera trompeta que
expone, un clarinete que hace de segunda voz, y una tercera,
el trombón, que se limita a los bajos. Una particularidad
de la Creole es la existencia de otra trompeta que marca un
ligero contracanto al lado de su hermana.
En 1923, Dodds y Armstrong habían abandonado la Creole
y Oliver buscaba nuevos músicos. Los encontró
en los llamados Syncopators, agrupación con una mayor
cantidad de integrantes en la que se demuestra la influencia
neoyorquina y el alejamiento de Oliver desde el sonido Orleans.
Es un momento de incertidumbre para Oliver, cuyos mejores
años ya habían quedado atrás. Luego de
1928 el intérprete y compositor ya no tendrá
una formación estable y entrará por la pequeña
puerta de la decadencia. Tras diez años de giras desastrosas,
problemas económicos y una enfermedad incurable, Oliver
dejó de existir el 10 de abril de 1938. No hubo dinero
en su familia ni siquiera el dinero para grabar su tumba.
Atrás había quedado su reinado pasajero el
que, sin embargo, sirvió para impulsar la creatividad
de toda una generación de músicos blancos en
la ciudad de Chicago. Para la historia, su nombre será
sinónimo de los primeros intentos por dotar de seriedad
y estructura a la música negra norteamericana.
A pesar de tener una capacidad notoriamente menor a muchos
otros músicos del jazz, lo anterior nos obliga a mirar
-y sobretodo, escuchar- hacia atrás con respeto, admiración,
y algo de nostalgia por una época maravillosa para
la música. Una en que a muchos de nosotros nos hubiera
gustado haber sido jóvenes.
Por Rodrigo Toledo
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