Como ha sucedido con las grandes bandas en la historia
del rock, los fanáticos de Pink Floyd se dividieron
de forma natural entre quienes optan por las "etapas"
compositivas del grupo o más directamente, por uno
de sus músicos-cerebro en particular.
Así como entre los beatlemaníacos distinguimos
lennonianos, mccartneyadictos o harrisonianos, entre los
seguidores de Pink Floyd existe una clara y antágonica
división entre quienes aman la primera etapa del
grupo, la de Syd Barret y la sicodelia; otros que prefieren
los discos más de Roger Waters, como "The Final
Cut" y otros -bastantes, debo decirlo- que se inclinan
por la sapiencia de un tipo que acabó llevándose
el peso de Pink Floyd y salió airoso del intento.
David Gilmour nació en Cambridge, Inglaterra, el
6 de marzo de 1946, y alucinaba con el rock and roll de
Bill Haley en la década de los '50. Sin embargo,
lo suyo iba a ir más por el lado del blues, específicamente,
de la guitarra bluesera, instrumento en el que iba a perfeccionarse
junto al señor Syd Barrett, en la época de
escuela.
The Jocker's Wild se llamó su primera banda, integrada
además por Ricky Wills en el bajo y Willie Wilson
en la batería. Con esta banda se muda a Francia,
luego de la partida de sus padres hacia Estados Unidos.
Hasta 1967 permanecen juntos, pues ese año Dave se
cambia a The Crew, junto a Kevin Ayers, Gary Wright, Alan
Reeves y Archie Legget.
Las penurias vividas durante este tiempo llevan a Gilmour
de vuelta a su país, donde coincidentemente recibe
una llamada de Roger Waters, quien lo invita a tocar con
los Floyd, en vista del deplorable estado de Syd Barrett
a causa de los ácidos.
Así comienza la historia de Gilmour en los Floyd.
Una historia de altos y bajos, encuentros y desencuentros,
que terminó con él convertido en el único
compositor original que permaneció hasta el final.
Barrett no iba a durar mucho más como miembro estable
de los Floyd, pero estando el triunvirato en la formación
alcanzan a editar "A saucerful of secrets", una
joyita, en la que Gilmour reconoce haberse "subido
a la rápida".
Gilmour se fue ganando de a poco su espacio en Pink Floyd,
gracias a su característico estilo de tocar, lleno
de reverb, delays y otros efectos que, según él,
suplían su "falta de rapidez". Lo cierto
es que el muchacho estaba haciendo escuela, una que todavía
siguen grupos contemporáneos como Radiohead o Spiritualized,
por ejemplo.
|
El
ascenso de Gilmour al interior de la banda iba a tener su
cúspide en el extraordinario y casi beatificado por
sus fanáticos, "Dark side of the moon". Era
un momento especial para el incontrolable talento de Dave,
que tuvo su escape en un disco solista, que grabó junto
a sus ex compañeros de Jocker's wild. Dicha placa trata
de despegarse, con relativo éxito, del sonido Floyd,
rescatando su vieja afición por el blues y el soul.
Comercialmente, no tuvo una gran repercusión.
Tras esta experiencia, vendría la etapa de composición
del más famoso de los discos de Pink Floyd, "The
Wall", en el que Gilmour tuvo poca, pero notoria participación.
Claro, él fue el responsable de piezas como "Another
brick on the wall", "Confortably numb" y "Run
like hell".
"About face" se llamó su segunda incursión
solista, para la que contó con invitados de la talla
de Jeff Porcaro, Steve Winwood, Ray Cooper, Jon Lord y la
National Philarmonic Orchestra. Aquí, Gilmour se consolida
como compositor.
Con la grabación de "The final cut", las
diferencias artísticas y personales entre David Gilmour
y Roger Waters se hacen insostenibles y terminan con la salida
"no oficial" del artista que visitara nuestro país
el año pasado.
De ahí en adelante, se inaugura el Floyd de propiedad
exclusiva de Gilmour, quien se esfuerza por mantener en pie
el nombre de la banda, a pesar de la carga emocional que esto
le trae consigo. Tiene éxito en su empresa, hasta mediados
de la década de los '90, cuando decide poner fin a
las giras multitudinarias de los Floyd.
Waters, perdida su lucha por impedir el uso del nombre Pink
Floyd, se lanza en su propia gira, muy en el estilo Floyd,
con grandes estadios y monumentales producciones. Paralelamente,
sus declaraciones hablan de un fuerte resentimiento hacia
la otra parte de Pink Floyd, Gilmour, quien da señales
absolutamente contrarias, como de posible reconciliación.
Difícilmente pueda darse una reunión, luego
de haber corrido tanta agua bajo el puente. Y es que así
como dicen que el tiempo cura todas las heridas, acá
parece haberlas abierto para siempre. Tal vez sea para mejor,
y nos quedemos con lo más valioso del grupo inglés,
su música.
Por Rodrigo Toledo
|