EL ESTIGMA DE SER UN FLOYD


Los dos de Gilmour
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"David Gilmour" - 1978
"About face" - 1984
 



 
     
Una carrera solista más bien inadvertida ha tenido Gilmour, el último líder que tuvo Pink Floyd, y que recientemente negó la posibilidad de una reunión. Sin embargo, su influencia como músico es innegable, notable, y atraviesa cualquier espectro estilístico.


 
     

Como ha sucedido con las grandes bandas en la historia del rock, los fanáticos de Pink Floyd se dividieron de forma natural entre quienes optan por las "etapas" compositivas del grupo o más directamente, por uno de sus músicos-cerebro en particular.

Así como entre los beatlemaníacos distinguimos lennonianos, mccartneyadictos o harrisonianos, entre los seguidores de Pink Floyd existe una clara y antágonica división entre quienes aman la primera etapa del grupo, la de Syd Barret y la sicodelia; otros que prefieren los discos más de Roger Waters, como "The Final Cut" y otros -bastantes, debo decirlo- que se inclinan por la sapiencia de un tipo que acabó llevándose el peso de Pink Floyd y salió airoso del intento.

David Gilmour nació en Cambridge, Inglaterra, el 6 de marzo de 1946, y alucinaba con el rock and roll de Bill Haley en la década de los '50. Sin embargo, lo suyo iba a ir más por el lado del blues, específicamente, de la guitarra bluesera, instrumento en el que iba a perfeccionarse junto al señor Syd Barrett, en la época de escuela.

The Jocker's Wild se llamó su primera banda, integrada además por Ricky Wills en el bajo y Willie Wilson en la batería. Con esta banda se muda a Francia, luego de la partida de sus padres hacia Estados Unidos. Hasta 1967 permanecen juntos, pues ese año Dave se cambia a The Crew, junto a Kevin Ayers, Gary Wright, Alan Reeves y Archie Legget.
Las penurias vividas durante este tiempo llevan a Gilmour de vuelta a su país, donde coincidentemente recibe una llamada de Roger Waters, quien lo invita a tocar con los Floyd, en vista del deplorable estado de Syd Barrett a causa de los ácidos.

Así comienza la historia de Gilmour en los Floyd. Una historia de altos y bajos, encuentros y desencuentros, que terminó con él convertido en el único compositor original que permaneció hasta el final.
Barrett no iba a durar mucho más como miembro estable de los Floyd, pero estando el triunvirato en la formación alcanzan a editar "A saucerful of secrets", una joyita, en la que Gilmour reconoce haberse "subido a la rápida".

Gilmour se fue ganando de a poco su espacio en Pink Floyd, gracias a su característico estilo de tocar, lleno de reverb, delays y otros efectos que, según él, suplían su "falta de rapidez". Lo cierto es que el muchacho estaba haciendo escuela, una que todavía siguen grupos contemporáneos como Radiohead o Spiritualized, por ejemplo.

El ascenso de Gilmour al interior de la banda iba a tener su cúspide en el extraordinario y casi beatificado por sus fanáticos, "Dark side of the moon". Era un momento especial para el incontrolable talento de Dave, que tuvo su escape en un disco solista, que grabó junto a sus ex compañeros de Jocker's wild. Dicha placa trata de despegarse, con relativo éxito, del sonido Floyd, rescatando su vieja afición por el blues y el soul. Comercialmente, no tuvo una gran repercusión.

Tras esta experiencia, vendría la etapa de composición del más famoso de los discos de Pink Floyd, "The Wall", en el que Gilmour tuvo poca, pero notoria participación. Claro, él fue el responsable de piezas como "Another brick on the wall", "Confortably numb" y "Run like hell".

"About face" se llamó su segunda incursión solista, para la que contó con invitados de la talla de Jeff Porcaro, Steve Winwood, Ray Cooper, Jon Lord y la National Philarmonic Orchestra. Aquí, Gilmour se consolida como compositor.

Con la grabación de "The final cut", las diferencias artísticas y personales entre David Gilmour y Roger Waters se hacen insostenibles y terminan con la salida "no oficial" del artista que visitara nuestro país el año pasado.

De ahí en adelante, se inaugura el Floyd de propiedad exclusiva de Gilmour, quien se esfuerza por mantener en pie el nombre de la banda, a pesar de la carga emocional que esto le trae consigo. Tiene éxito en su empresa, hasta mediados de la década de los '90, cuando decide poner fin a las giras multitudinarias de los Floyd.

Waters, perdida su lucha por impedir el uso del nombre Pink Floyd, se lanza en su propia gira, muy en el estilo Floyd, con grandes estadios y monumentales producciones. Paralelamente, sus declaraciones hablan de un fuerte resentimiento hacia la otra parte de Pink Floyd, Gilmour, quien da señales absolutamente contrarias, como de posible reconciliación.

Difícilmente pueda darse una reunión, luego de haber corrido tanta agua bajo el puente. Y es que así como dicen que el tiempo cura todas las heridas, acá parece haberlas abierto para siempre. Tal vez sea para mejor, y nos quedemos con lo más valioso del grupo inglés, su música.


Por Rodrigo Toledo


 
 
 
 

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