Es difícil que haya concenso acerca de temas musicales.
Más aún si se trata de escoger una opción
entre varias de nivel superlativo. En lo que se refiere
a voces femeninas en el jazz, se ha dado que tres mujeres,
las más importantes, concentran la preferencia de
la mayoría de los fanáticos. Y, entre ellas,
es una crueldad escoger.
Sara Vaughan, Billie Holiday y Ella Fitzgerald forman un
triunvirato inolvidable, en el que cada una aporta su estilo
personal. A Billie ya la conocimos, a la misteriosa Sara
la dejaremos para más adelante. Por ahora, solamente
hablaremos de Ella Fitzgerald, una de las cantantes más
versátiles de la historia del jazz.
Nacida el 25 de abril de 1918 -tres años menor que
Billie Holiday-, en Newport News, esta mujer de origen afro-americano
comenzó a acercarse al espectáculo a través
del baile. Y nada de teatros ni presentaciones especiales,
lo suyo era la calle, allí se ganaba el sustento
que su primo recogía en un sombrero.
Apenas se acercó al teatro a los 16, para un concurso
de talentos en el escenario del Apollo, de Harlem. Sorprendemente,
arriba de las tablas su miedo y verguenza se esfumaron,
y apareció por primera vez su majestuosa voz, para
cantar "Judy" y "The object of my affection".
Ganó, por supuesto. Eran apenas 25 dólares
y la posibilidad de integrarse a la orquesta de Chick Webb.
Casi nada. Era su primer paso como cantante.
Tras la muerte de Webb, Ella permaneció algunos
años con la banda, imponiendo el éxito "A-tisket,
A-tasket" en los años '30. Era una cantante
de swing en aquella época, pero diversas influencias
la iban a llevar por los caminos del bop, y a perfeccionar
una técnica que en ella alcanzaría su punto
cúlmine: el "scat", o improvisación
vocal sin letra. Aquí se destacan temas como "Lady
be good". La década siguiente la sorprendería
casada por primera vez, con un trabajador portuario, con
quien alcanzó a estar tres años (1941 al 43).
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En los '50, la cantante se unió
a "Jazz at the philarmonic", una compañía
de Norman Granz, y dio un giro hacia la balada, interpretando
canciones de autores como Gershwin, Kern, Porter o Berlin.
Grabó con Sinatra, Ellington y Armstrong, también.
Por esos años ya estaba casada con el músico
de jazz Ray Brown -recientemente fallecido-, con quien tampoco
alcanzó a consolidar una relación duradera (fueron
sólo cuatro años)
De las décadas siguientes sólo podemos decir
que la Fitzgerald paseó su registro si prejuicios por
todos los estilos, para satisfacción de todos los fanáticos
de la buena música. Así nace, en 1980, un disco
como "Ella abraca Jobim", junto al maestro brasilero
Antonio Carlos "Tom" Jobim. Aquí escuchamos
a la mismísima Ella cantando en portugués canciones
de Tom como: "Corcovado", "So tinha de ser
com voce", "Favela" o la famosa "Garota
de Ipanema".
250 discos, trece premios Grammy, un título de doctora
"Honoris Causa", otorgado por la Universidad del
Sur de California, fueron algunos de los reconocimientos que
alcanzó la Fitzgerald en una carrera brillante, golpeada
por las enfermedades. En 1985, y en pleno concierto, sufrió
los efectos de un edema pulmonar; al año siguiente
un ataque cardíaco casi la vence; luego la diabetes,
en 1993, le significó la amputación de sus dos
piernas.
Finalmente, en 1996, a los 78 años, Ella no pudo más
y su alma abandonó este mundo. La "Primera Dama
del jazz" se fue en el sueño, en una de las muertes
más tranquilas que se puedan desear. Un último
premio para alguien que los merecía todos.
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