Desde hace casi un año, Barry White había
vuelto con fuerza. Y no tanto el mismo como personaje, sino
su música, gracias al lanzamiento de un disco recopilatorio
que lo devolvió a las radioemisoras.
Bueno, de todas maneras, muchas personas no habían
dejado jamás de escucharlo. Su voz grave y sensual
fue grito y plata durante los setenta, y de ahí que
sus seguidores jamás lo hayan olvidado.
Son ellos los que lo lloran hoy, a pocos días de
su fallecimiento, como consecuencia de una trombosis que
derivó en una descompensación renal.
Con él desapareció una de las mayores leyendas
vivientes de la época de oro del soul. “La
voz del amor”, le llamaron, por su capacidad para
traspasar de manera notable todo el sentimiento que implica
su estilo de música.
Nacido un 12 de septiembre de 1944, este muchachote moreno
llegó a la música tempranamente, a los once
años, cuando apareció tocando el piano en
un sencillo de Jesse Balvin, llamado “Goodnight my
love”.
Fue a los 16 cuando grabó su primer disco junto
a una banda, the Upfronts; en 1964 lo hizo para Atlantic
y en 1965 repitió la experiencia para Downey and
Veep (con el seudónimo de Barry Lee).
Entonces vino la indecisión, cuando White abandonó
el micrófono para convertirse en descubridor de nuevos
artistas, trabajando en el departamento de A&R de un
sello independiente, Mustang/Bronco. Su capacidad en esta
área le reportaba rápidos ascensos, al mismo
tiempo que lo alejaba de la música como actividad
profesional.
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En 1969 se hace cargo, como productor, de un proyecto llamado
Love Unlimited, que vendió un millón de copias.
Luego de la insistencia del director del sello, y ante la
evidente necesidad de una voz masculina, Barry se hace cargo
de dicha responsabilidad, obteniendo un éxito rotundo,
que marca su futuro en la música. Claro, esa placa
era “I've got so much to give” y se editó
firmada con su nombre.
Comenzaba, de esta forma, su
década de oro en la música mundial, con hits
para regalar, desde “I'm gonna love you a little more
baby”, hasta “Your sweetness is my weakness”,
pasando por “Let the music play”, o “The
right thing”. Eso hasta los ochenta, años en
los que su nombre desapareció del mapa, excepto por
la edición de un disco de “Grandes éxitos”.
Una colaboración para un single de Quincy Jones, en
1989, fue su reaparición en las “grandes ligas”
y el inicio de una etapa bastante más benévola.
De hecho, en 1994, su disco “The icon is love”
más que ser el regreso de un gran cantante, puede considerarse
como una de sus mejores placas.
“The Ultimate Collection”, disco de 2000 que
contiene otra selección de sus éxitos, había
generado un regreso de su voz al inconsciente colectivo, elevando
las ventas de sus discos, las que ya habían sobrepasado
las cien millones de copias.
Y llegó el fatídico 2003, y una trombosis lo
tumbó en la cama de un hospital hasta que dejó
de existir la semana pasada. Atrás quedaban una vida
llena de canciones y de excesos, también, por qué
no mencionarlo, si fue la causa principal de su crisis de
salud. Vaya esta reseña como un homenaje a lo que nos
deja: su música. Adiós, Sr.White. |